Stos. SACRAMENTOS

​                                     -transforma discípulos...                                                 ​                      ...en “Discípulos Amados” -​

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-​​Comparte Conciencia
de “Amor, Paz & Santidad” y
transforma “discípulos” en
“Discípulos Amados”
a través de
“Los Sacramentos”


¿De qué vale decir: “Yo tengo Fe”, si uno no
participa de los ritos sacramentales ordenados
por Dios? Partamos de la base que estos sacra-
mentos son un mecanismo de purificación y san-
tificación, diseñados por Dios, los cuales nos man-
tienen unidos a Cristo Jesús, la Vid Verdadera,
​ y los cuales nos ayudan a limpiarnos, para que
demos más fruto
(Lee Juan 15:1-17):
  
- Santo Bautismo -
   

Tanto el Bautismo, como la Confirmación y la
Eucaristía, son sacramentos de iniciación. Por
el bautismo, nacemos como nuevas criaturas,
somos adoptados como hijos de Dios (Lee Mateo
 3:13-17; 2 Corintios 5:17; Gálatas 4:5-7, 6:15; Romanos 6:3-4;
Colosenses 2:12; Juan 3:5, 17:21-23; Mateo 28:19-20; CIC 1214)
,
nos hace “Miembros del Cuerpo de Cristo”
(Lee
Efesios 4:25; 1 Corintios 12:13; CIC 1267)
y el bautismo nos
limpia del pecado original, los pecados persona-
les, y así como todas las penas (castigos) por el
pecado
(Lee CIC 1213, 1262-1263). No obstante, en el
bautizado permanecen ciertas consecuencias
temporales del pecado (sufrimientos, enferme-
dad, muerte, debilidades de carácter, etc.) así
como una “inclinación al pecado” que tradicio-
nalmente se llama “concupiscencia” o “fomes
pecatti” y que somos llamados a resistir con
coraje
(Lee 2 Timoteo 2:5; CIC 1264). Nosotros, los
bautizados, pasamos a ser “piedras vivas” para
construir un “templo espiritual” un “sacerdocio
santo” que, por medio de Cristo Jesús, ofrezca
“sacrificios espirituales” agradables a Dios
(Lee
1 Pedro 2:4-5)
para anunciar las obras maravillosas
de Dios, el cual nos llamó a salir de la oscuridad
para entrar en su maravillosa luz
(Lee 1 Pedro 2:9; CIC 1268)
.


- Santa Confirmación -
 
Un sacramento de iniciación que une más
íntimamente al bautizado con la iglesia, y lo
enriquece con una fortaleza especial del Espíritu
Santo
(Lee Juan 4:34; Hechos 2:11, 38; Romanos 8:15),
compuesta por los siguientes dones
(Lee Isaías 11:1-3):
“sabiduría”, “entendimiento”, “conocimiento”,
“consejo”, “fortaleza”, “piedad” y “temor a Dios”
(reverencia, maravilla y asombro ante la presencia
de Dios). El sacramento de confirmación es
necesario para completar la gracia bautismal. Con
este sacramento, uno se compromete mucho más
con Cristo Jesús, a extender y defender la fe con
sus palabras y sus obras
(Lee CIC 1285, 1262-1263, 1303).
Cristo Jesús fue concebido por el Espíritu Santo y
por el poder de Dios el Padre
(Lee Lucas 1:35). El
Espíritu Santo guio e iluminó a Jesús en todo su
caminar
(Lee Juan 3:34; CIC 1286). El Espíritu Santo
reposó sobre Jesús en el momento de su bautismo
(Lee Mateo 3:16-17; Marcos 1:9-11; Lucas 3:21-22). En la última
cena, Jesús prometió enviar el Espíritu Santo a sus
discípulos
(Lee Juan 14:26). Luego de su resurrección,
Jesús sopló el Espíritu Santo a sus discípulos
(Lee
Juan 20:22-23)
. En pentecostés, los discípulos fueron
llenados del Espíritu Santo
(Lee Hechos 2: 11) y Pedro
dijo que al ser bautizados recibimos los dones del
Espíritu Santo
(Lee Hechos 2:38; CIC 1287). El fruto del
Espíritu es Amor
(Lee Gálatas 5: 16-17, 22-26). La cuenta
bíblica que más se acerca al Sacramento de
Confirmación es el derramamiento del Espíritu
Santo en Pentecostés
(Lee Hechos 2:1-4).

- Santa Eucaristía -
  

La Santa Eucaristía es el tercer sacramento de
iniciación cristiana (Lee CIC 1322). Por medio de
la Eucaristía, el cristiano participa con toda la
comunidad, en el sacrificio del Señor, del Cordero
de Dios que quita los pecados del mundo
(Lee Juan
1:29)
. En la última cena Jesús instituyó la eucaristía
como un memorial de su vida, muerte y resu-
rrección (Lee Lucas 22:19-20; 1 Corintios 11:24-26; Mateo
26:26-28; Marcos 14:22-24; CIC 1337)
. El pan y vino
siempre han sido fuentes de sustención de la
humanidad, representan el fruto del trabajo del
hombre. Pero antes son, fruto de “la tierra” y “la
vid”, dones de Dios el Creador. Jesús usó estos
símbolos para cumplir su promesa de estar
siempre con nosotros y darnos alimento para
nuestra jornada y vida en él
(Lee Mateo 18: 20; 28:18-20;
Juan 6:35,48,51,53-56; CIC 1333-1334)
. Luego de la
experiencia de Pentecostés, los discípulos
continuaron reuniéndose, día a día, para leer las
escrituras y partir el pan. Estas celebraciones (-en
donde el pan se bendecía en agradecimiento a
Dios, se partía y compartía con un significado de
entrar nuevamente en la vida, muerte y
resurrección de Jesús-) se las llamaban “eucaristía”
(En griego: “eucharistia”), que significa “dar gra-
cias”
(Lee Hechos 2:42,46-47). En la Liturgia (lectura de
las escrituras, homilía y oración), somos nutridos
con la Palabra de Dios para vivir acorde a su
voluntad. Luego, el pan y el vino son llevados al
altar, y ofrecidos en nombre de Cristo Jesús, por
el sacerdote, como un sacrificio eucarístico, los
cuales se convierten en el cuerpo y la sangre de
Cristo
(Lee CIC 1350). La Oración Eucarística “Vuelve
a llamar” al Misterio Pascual de Jesús, “hacienda
presente” la acción salvadora de Dios por medio
de Cristo (El Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo [Juan 1:29]). Este memorial se llama
“anamnesis” (El acto de “volver a llamar” y “hacer
presente”). Por medio del “anamnesis”, los hechos
maravillosos de Dios son “vueltos a llamar” por la
asamblea litúrgica y se “hacen presente” en la
misma. Cuando la Iglesia hace “memoria”, esta es
acompañada con la invocación del Espíritu Santo,
llamada “epíclesis”, quién “consagrará” o “hará
santa” a la gente, el pan y el vino del sacramento.
Cuando el sacerdote ora el “epíclesis”, la Iglesia
pide a Dios el Padre que: (a) Envíe el Espíritu
Santo sobre el pan y el vino, para que se
conviertan (no solo representen) en el cuerpo y
la sangre de Jesús; (b) Aquellos que reciben la
Eucaristía se con-viertan en uno en Cristo, en
cuerpo y en espíritu
(Lee CIC 1353). El “epiclesis”
completa y culmina la acción del “anamnesis”.
El “anamnesis” lleva al “epiclesis”, de la misma
manera que el Misterio Pascual lleva al
Pentecostés. La Oración Eucarística termina con
la gran doxología: “…por Él, con Él y en Él…”
donde luego respondemos “Amen”. Luego nos
preparamos para la recepción de la eucaristía
orando el Padre Nuestro e intercambiando el
Saludo de la Paz. Luego somos invitados a reci-
bir la “Comunión” con la fe del centurión:
“Señor, no soy digno de que entres en mi casa,
pero una palabra tuya bastará para sanar.”
(Lee
Mateo 8:8)
. El rito termina con el sacerdote pi-
diendo la bendición de Dios sobre nosotros, de
la misma manera que lo hizo al principio de la
Misa. La palabra “Misa” viene del Latín: “Ite
missa est”, que literalmente significa: “Ve, está
enviado”, y que en la liturgia significa: “lo que
hemos venido a hacer aquí juntos está hecho;
ahora vayan y cúmplanlo.” Llamándonos a ser
parte de la Eucaristía en forma “completa”,
“activa” y “consciente”
(Lee 1 Tesalonicenses 2:13).
En otras palabras, nos rendimos ante el Señor
en el altar sagrado, para que nos transforme en
mejores discípulos, por medio de la celebración
eucarística, donde en ese momento, el sacerdote
está actuando “en la persona de Cristo”, y “Cristo
está presente en el pan y el vino”. Esta invitación
de Jesús a participar de la Eucaristía: “En verdad
les digo, a menos que coman la carne del Hijo
del Hombre y beban su sangre, no tienen vida
en ustedes.”
Juan 6:53, nos llama a hacernos un
“examen de conciencia” para prepararnos para
este momento tan grande y santo. Si participa-
mos de la Eucaristía en forma indigna, estamos
pecando contra el mismo cuerpo y sangre de
Cristo, que es comer y beber nuestro propio
castigo. Por eso, quién tiene consciencia de
pecado, debe recibir el sacramento de la Peni-
tencia y Reconciliación, antes de participar de
la Eucaristía
(Lee 1 Corintios 11:27-29; CIC 1384-1385)
(Lee CIC 1322 -1419)
.




 - Santa Penitencia y Reconciliación - 

   

Los que se acercan al sacramento de la Penitencia,
obtienen el perdón de sus pecados, gracias a la
misericordia de Dios. Al mismo tiempo se
Reconcilian con la Iglesia -el Cuerpo de Cristo-,
a la que -al que-, hirieron con sus pecados. El
sacramento se llama también “de Conversión”,
porque sacramentalmente es la llamada de Jesús a
convertirse
(Lee Marcos 1:15). Se llama también “de la
Penitencia” porque consagra un proceso personal
y eclesial de conversión, arrepentimiento y
reparación por el pecador. Se llama también “de
la Confesión” porque es un proceso de declarar o
confesar los pecados al sacerdote. Se llama también
“del Perdón” porque, por la absolución
sacramental del sacerdote, Dios concede al peni-
tente “el perdón y la paz”. Se llama también “de
Reconciliación” porque, otorga al pecador el amor
de Dios que reconcilia: “déjense reconciliar con
Dios”
(Lee 2 Corintios 5:17-20). Es el llamado de Cristo
Jesús a la reconciliación antes de la ofrenda (tu participación en la eucaristía): “ve primero y
reconcíliate con tu hermano, y luego ven y
presenta tu ofrenda.”
(Mateo 5:24). Es un sacramento
de reconciliación después del bautismo: “…han sido
lavados, y consagrados a Dios. Han sido librados
de culpa en el nombre del Señor Jesucristo y por
el Espíritu de nuestro Dios.”
(Lee 1 Corintios 6:11)
Esta es la grandeza del don de Dios luego de los
sacramentos de iniciación cristiana: Bautismo,
Confirmación y Eucaristía; que nos hace santos e
inmaculados ante él
(Lee Efesios 1:4), como la Iglesia
misma, esposa de Cristo, que es santa e inmaculada
ante él
(Lee Efesios 5:27). El pecado no cabe en “aquel
que se ha revestido de Cristo”
(Lee Gálatas 3:27). Pero,
“Si decimos ‘no tenemos pecado’, nos engañamos
y la verdad no está en nosotros.”
(Lee 1 Juan 1:8). Y el
Señor mismo nos lo dice al enseñarnos el Padre
Nuestro: “Perdona nuestras ofensas”
(Lee Lucas 11:4).
Por lo tanto, es necesario otro sacramento para
limpiarnos de los pecados futuros luego de los
​ sacramentos de iniciación, ya que el bautizado
continúa luchando contra la fragilidad humana
y las tentaciones que lo llevan a “inclinarse hacia
el pecado” (tradicionalmente llamado: concupi-
scencia). Este sacramento, que nos permite lim-
piarnos y reconciliarnos nuevamente con Dios, es
el de Penitencia y Reconciliación
(Lee CIC 1425-1426).
En otras palabras, hay dos conversiones: (a) La
Primera y Fundamental Conversión: Para los que
​ no conocen a Cristo y su Evangelio. Por la fe en la Buena Nueva y por el Sacramento del Bautismo,
se renuncia al mal y se alcanza la salvación, la
remisión de todos los pecados y el don de la vida
nueva
(Lee Marcos 1:15; CIC 1427). (b) La Segunda e
Ininterrumpida Conversión: Es para toda la iglesia
que recibe a los pecadores, y que es santa al mismo
tiempo, y que necesita una constante purificación,
buscando sin cesar la penitencia y la renovación.
Es el “corazón contrito”
(Lee Salmo 51:19) atraído y
movido por la gracia de Dios a responder al amor
misericordioso de Dios, buscando hacer su voluntad, y complacerlo con nuestro actuar
(Lee CIC
1427-1428)
. Esta segunda conversión ininterrumpida
se logra por medio del “arrepentimiento” y la
“confesión de los pecados” a través del Sacramento
de la Penitencia y Reconciliación; creado así, por Dios, un mecanismo de purificación y santifi-
cación, que, si se hace seguidamente, mantiene al
bautizado unido a Cristo y en un estado de
purificación permanente que es agradable a Dios.
En otras palabras, es como cambiar el aceite al
carro en forma frecuente, de esta manera, el
motor funciona siempre en su punto óptimo y
con aceite sin suciedad. Si uno no cambia el
aceite, llega el momento en que el motor está
tan sucio que se traba y deja de funcionar. Por
lo tanto, como medida recordatoria, uno debería
confesarse, como mínimo, una vez por cada
cambio de aceite. De nada sirve manejar un
carro con aceite y motor limpio, si uno está
sucio por todo el pecado acumulado que lleva
adentro. Es irónico, la humanidad se preocupa
más por limpiar su carro, que por limpiar su
alma: “¡Oh generación incrédula y perversa!
¿Hasta cuándo tengo que estar con ustedes y los
tengo que soportar?” ​
Lucas 9:41 (Lee CIC 1422-1498)
.

- Santa Unción de los Enfermos -  

       
Con la Sagrada Unción de los Enfermos y la
oración de los sacerdotes, toda la iglesia entera
encomienda los enfermos al Señor sufriente y
glorificado para que los alivie y los salve
(Lee CIC
1499)
. Este sacramento se basa en lo que ini-
cialmente fue parte del llamado de Cristo Jesús
a sus discípulos: “Ellos echaron fuera muchos
demonios y ungieron a muchos enfermos con
aceite y los sanaron.”
Marcos 6:13 (Lee Marcos 16:17-18;
Mateo 10:8; Santiago 5:14-15; CIC 1506-1507,1509-1510)
. El
Antiguo Testamento muestra a la enfermedad
como un castigo de Dios, vinculada al pecado y
al mal hecho por esa persona enferma; y un
mecanismo de conversión para que el enfermo
se vuelva a Dios y siga sus leyes y mandamientos;
y el perdón de Dios le da la sanación
(Lee Éxodo
15:26; CIC 1502)
. Por el contrario, en el Nuevo Testa-
mento, el mismo Cristo Jesús muestra a la enfer-
medad o invalidez en una persona, como algo
desligado al pecado de esa persona, o de sus
padres: “… Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres,
para que naciera ciego? Jesús respondió: Ni éste
​ pecó, ni sus padres; sino que está ciego para que
las obras de Dios se manifiesten en él.”
Juan 9:2-3;
mas bien, la enfermedad está ligada al pecado
original, que trajo como resultado el sufrimiento,
las enfermedades, las invalideces de Nacimiento,
y la muerte
(Lee CIC 1264;1426;1500-1501,1505). Cristo
Jesús nos enseña en su vida, a tener compassion
por los enfermos y por su sufrimiento
(Lee Mateo
4:24)
. Todas las sanaciones que hizo Jesús son un
signo maravilloso que Dios ha visitado a su gente
(Lee Lucas 7:16). No solo Jesús vino a sanar a los
enfermos, también a perdonarles sus pecados
(Lee Marcos 2:5-12). Jesús cura al enfermo, su alma y
su cuerpo, es el doctor que ellos necesitan
(Lee
Marcos 2:17)
. La compasión de Jesús es tan grande
que él mismo se identifica con el enfermo:
“…estuve enfermo y me visitaste”
(Lee Mateo 25:36).
“Mi gracia es suficiente para ti, porque mi poder
se hace perfecto en la debilidad.”
2 Corintios 12:9. Y
su amor por los enfermos continua con este
sacramento llamado Unción de los Enfermos
(Lee CIC 1503-1513). La gracia de este sacramento
tiene como resultado: (a) La unión del enfermo
a La Pasión de Cristo; (b) El consuelo, la paz y el
ánimo para soportar, cristianamente, el sacrifi-
cio; (c) El perdón de los pecados si el enfermo
no pudo obtenerlo por el sacramento de la
penitencia y reconciliación; (d) El restableci-
miento de la salud corporal, si conviene a la
salud espiritual; y (e) La preparación para el
paso a la vida eterna
(Lee CIC 1532).

- Santa Orden - 

  
Hay dos formas de participar en el sacerdocio
de Jesús, que fluye de la gracia bautismal de
todos los cristianos. La primera es el sacerdocio
​ común a la cual todos los bautizados y confir-
mados son consagrados. La segunda es el sacer-
docio ministerial, a través del Sacramento del
Orden, que está al servicio del sacerdocio común,
una forma en la cual Cristo Jesús incesantemen-
te construye su Iglesia. El servicio eclesial del
ministerio ordenado, es Cristo mismo quién está
presente en su Iglesia como: Cabeza de su Cuer-
po, Pastor de su Rebaño, Sumo Sacerdote, Maes-
tro de la Verdad. En otras palabras, el sacerdote,
por el Sacramento del Orden, actúa en la perso-
na de Cristo: “in persona Christi Capitis”
(Lee CIC
1547-1548)
. El sacramento del Orden cumple con la
misión de Cristo confiada a sus apóstoles, ejerci-
da en la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Es el
sacramento del ministerio apostólico que com-
prende tres grados: episcopado, presbiterado, y
diaconado. Se llama Orden porque el cuerpo
apostólico está organizado en un orden (los tres
grados); que va mas allá de una simple elección,
ya que cada orden confiere un don especial del
Espíritu Santo que permite ejercer un poder
sagrado que solo puede venir de Cristo Jesús. La
ordenación se llama también “consagración”
porque es un “poner aparte” y un “investir”
(revestir a alguien con una cierta cualidad) por
Cristo mismo para su iglesia
(Lee CIC 1536-1538;
1 Timoteo 3)
. A través de la gracia del Espíritu San-
to el hombre ordenado es configurado a Cristo
como sacerdote, maestro, y pastor. Cristo Jesús
resucitado, al darle el Espíritu Santo a sus após-
toles, les confió su poder de santificación
(Lee Juan
20: 21-23)
, y se convirtieron en signos sacramenta-
les de Cristo. Y por el poder del Espíritu Santo,
ellos confiaron este poder a sus sucesores. Esta
“sucesión apostólica” estructura toda la vida
litúrgica de la Iglesia. Ella misma es sacramental,
trasmitida por el sacramento del Orden
(Lee CIC
1087)
. Para llevar a cabo una obra tan grande,
Cristo Jesús está siempre presente en su Iglesia,
en la liturgia, en la persona del ministro (ej.:
sacerdote), en la eucaristía, en los sacramentos
(ej.: cuando el sacerdote bautiza, es Cristo quién
está bautizando): “Donde estén dos o tres con-
gregados en mi nombre, allí estoy yo en medio
de ellos”
Mateo 18:20 …“Vayan, pues, y hagan discí-
pulos de todas las naciones, bautizándolos en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
enseñándoles a guardar todo lo que les he man-
dado; y he aquí, yo estoy con ustedes todos los
días, hasta el fin del mundo.”
Mateo 28:19-20 (Lee
CIC 1088)
. Una obra por la cual Dios es perfecta-
mente glorificado y los hombres santificados.
Cristo asocia siempre a la Iglesia, su esposa ama-
da, que invoca a su Señor y por él rinde culto al
Padre Eterno
(Lee CIC 1089). Y finalmente, una obra
que está protegida contra los poderes del infier-
no: “Jesús respondió, ‘Bendito eres tú, Simón hijo
de Jonás, porque esto no fue revelado a ti por la
carne y la sangre, pero por mi Padre en el cielo.
​ Y te digo que tú eres Pedro, y en esta roca edi-
ficaré mi iglesia, y las puertas del infierno no
prevalecerán contra ella. Y a ti daré las llaves del
reino de los cielos; y todo lo que ates en la tierra
será atado en los cielos; y todo lo que desates en
la tierra será desatado en los cielos’.”
Mateo 16:17-19.

- Santo Matrimonio - 
     
El sacramento del Matrimonio es la union
 matrimonial de un hombre y una mujer, cuya
unión ha sido elevada, por Cristo Jesús, a la
dignidad de “sacramento” entre el hombre
bautizado y la mujer bautizada
(Lee CIC 1601). El
matrimonio es parte integral del Plan de Salva-
coin de Dios para toda la humanidad. Así como
el hombre se une con su esposa y pasan a ser
uno
(Lee Marcos 10:7-9), el Salvador se une con su
Iglesia y pasan a ser uno
(Lee Apocalipsis 19:7-9; CIC
1602)
.​ Ambas uniones son posibles por el amor
de ambas partes, ya que Dios es Amor
(Lee 1 Juan
4:8-16)
, y el hombre y la mujer han sido creados a
semejanza de Dios
(Lee Génesis 1:26-27), para amar
(Lee Juan 13:34-35;​ CIC 1604). El matrimonio entre un
hombre y una mujer tiene que reflejar al matri-
monio entre el Salvador y su Iglesia: “Maridos,
amen a sus mujeres como Cristo amó a la iglesia
y se entregó a si mismo por ella para santificarla”
Efesios 5:25-26; y de la misma manera: “Esposas,
sométanse a sus propios maridos, como al Señor.
Porque el marido es la cabeza de la esposa tal
como Cristo es la cabeza de la iglesia, su cuerpo,
y es él mismo su Salvador”
Efesios 5:22-23. (Lee CIC
1616)
. Cristo Jesús nos enseña claramente que la
receta para un matrimonio exitoso (evitar las
peleas y el divorcio) es entender al matrimonio
como Dios lo creó y definió: “¿No han leído que
desde el principio el Creador los hizo hombre y
mujer y dijo: ‘Por esta razón el hombre dejará a
su padre y madre para unirse con su esposa y
los dos se convertirán en una sola carne.’? Así
que ya no son dos, sino una carne. Por lo tanto,
lo que Dios a unido, que el hombre no lo sepa-
re.”
Mateo 19:3-6. El factor principal por lo cual
comienzan las peleas (silenciosas o no) en el
matrimonio, al punto que se llega al divorcio,
es el pecado original. El pecado original amena-
za el “orden” que debe existir en la relación en-
tre el hombre y su esposa, convirtiéndolo en un
“desorden” en la relación. El hombre y su esposa
tienen ahora que reparar ese “desorden” y lle-
varlo al “orden”, que solo se logra con la miseri-
cordia de Dios. Por lo tanto, para el éxito del ma-
trimonio, el hombre y su esposa deben mante-
nerse unidos pidiéndole ayuda a Dios, para supe-
rar todos los obstáculos y atentados contra su
unión: discordias, el espíritu del demonio, celos
y conflictos que pueden​ conducir hasta el odio
y la ruptura, etc.
(Lee CIC 1601-1608). “En su mise-
ricordia, Dios no abandona al hombre pecador.
Las penas que son consecuencia del pecado, ‘los
dolores de parto’
(Lee Genesis 3:16), el trabajo con
‘el sudor de su frente’
(Lee Genesis 3:19), constituyen
remedios que limitan los daños del pecado. Tras
la caída, el matrimonio ayuda a vencer el replie-
gue sobre sí mismo, el egoísmo, la búsqueda del
propio placer, y a abrirse al otro, a la​ ayuda mu-
tua, al don de sí.”
CIC 1609. En el Antiguo Test-
amento, Moisés permitió el divorcio “por la du-
reza del corazón” del hombre
(Lee Mateo 19:8; Deut.
24:1; CIC 1610)
. Pero, contemplando la Alianza de
Dios con Israel bajo un amor conyugal exclusive
y fiel, los profetas comenzaron a preparar la con-
ciencia del pueblo a una comprensión más pro-
funda de unidad matrimonial indisoluble bajo
un amor incondicional. Los libros de Rut y To-
bías dan testimonios conmovedores de un senti
do profundo del matrimonio, de la fidelidad y de
la ternura de los esposos. Y el Cantar de los Can-
tares es una expresión única del amor humano,
puro reflejo del Amor de Dios
(Lee CIC 1611). La
alianza nupcial entre Dios y su pueblo
(Viejo Tes-
tamento: Lee CIC 1611)
es la prefigura instructiva para
la nueva y eterna alianza con el Hijo de Dios
encarnándose; que, dando su vida, se unió con
toda la humanidad salvada por él, preparando
así “… las bodas del Cordero …”
Apocalipsis 19:7-9.
Cristo Jesús realizó su primer milagro, a petición
de su madre, en un​ banquete de boda, confir-
mando así la bondad del matrimonio y anun-
ciando así la presencia eficaz de Cristo en el
matrimonio
(Nuevo Testamento: Lee CIC 1613). Cristo
Jesús enseñó el sentido “original” del matrimo-
nio dado por su Padre, el Creador, que es “la
unión indisoluble” de un hombre y una mujer:
“‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su ma-
dre y se unirá con su mujer, y los dos se harán
una sola carne.’ Gran misterio es éste, lo digo
respecto a Cristo y a la Iglesia.”
Efesios 5:31-32
(Lee CIC 1614-1616)
. De esta manera, la vida cris-
tiana está marcada por el amor conyugal de Cris-
to y su Iglesia (su esposa). El Bautismo es como
el “baño de bodas” que pre​cede al “banquete de
bodas”, la Eucaristía. El matrimonio entre los
bautizados es un verdadero sacramento de la
Nueva Alianza
(Lee CIC 1617). Por lo tanto, es
conveniente que los esposos sellen su consen-
timiento en darse el uno al otro mediante la
ofrenda de sus propias vidas, uniéndose a la
ofrenda de Cristo por su Iglesia, hecha presente
en el sacrificio eucarístico, y recibiendo la eucaris-
tía, para que, comulgando en el mismo cuerpo y
en la​ misma sangre de Cristo, “formen un solo
cuerpo” en Cristo
(Lee CIC 1617). Por lo tanto, para
estar bien preparados para recibir el Sacramento
del Matrimonio, los esposos deben primero reci-
bir el Sacramento de la Penitencia y Reconcilia-
ción
(Lee CIC 1622). La alianza matrimonial, comu-
nidad de vida y amor entre un hombre y una
mujer, fue fundada y dotada de sus leyes propias
por el Creador y está ordenada al bien de los cón-
yuges, así como a la generación y educación de
los hijos; y el matrimonio entre bautizados ha si-
do elevado​ por Cristo Jesús a la dignidad de acramento del Matrimonio
(Lee CIC 1660). El
hogar cristiano es el primer lugar donde los hi-
jos reciben el primer anuncio de la fe; por tal
razón, la casa familiar se llama “Iglesia Doméstica”,
“Comunidad de Gracia y Oración”, “Escuela de
Virtudes Humanas  y de Caridad Cristiana”.